Alejandro Montes

«-Te amo- le dije a Luciano cuando lo vi. No me respondió nada. Había estado durante un largo rato tratando de despertarme. Me levanté con mucho esfuerzo, como zombi, y me metí al baño. Al salir de la ducha me caí y me quedé un buen rato en el suelo.
Esperaba que él me fuera a levantar, que me fuera ayudar para agarrarle ese potito hecho a mano y tirarlo al piso, aprisionarlo a besos y acariciar sus cabellos color trigo. Pero me levanté sin su ayuda, con rabia.
No sé por qué se había puesto tan cartuchón conmigo, que le conocía su mayor secreto».
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