«El mar de fondo», por Jaime Mañalich: presentación del libro “Ecos de la Soberbia”

En el libro judeocristiano del Génesis se lee: “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, …”.

Y luego impuso al hombre este mandamiento: “De cualquier árbol del jardín puedes comer, más del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio”. La astuta serpiente cuando minimiza la amenaza: “sabe Dios que el día que comáis de él (del fruto), serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dioses…

¿Por qué este tipo de restricción? Distintas culturas se hacen eco de ella, entre tres mil quinientos y dos mil quinientos años atrás. Las sociedades de la época llegan a una conclusión: No todo lo que es posible estará permitido. De ello deriva todo el sistema jurídico, desde el Código de Hammurabi, las tablas de la ley, el Derecho Romano y un gran etcétera.

Esta limitación es metafísica, y en la medida que un ordenamiento superior a toda obligación moral se relativiza, como es la cultura postmoderna, el creer que hay mandatos anteriores al individuo, desaparece. Por ello, Voltaire dice: «Si Dios no existiera, habría que inventarlo«. Sin embargo, la maldición ya había sido anunciada por Protágoras: «El hombre es la medida de todas las cosas«. Es decir, no hay una verdad objetiva de validez universal.

El último intento metafísico reside, en mi opinión, en Kant y sus “Imperativos Categóricos”, equivalentes al consejo no hagas a otros lo que no quieres para ti mismo.

Dios ha muerto”, exclama Nietzsche en La Gaya Ciencia. En realidad, no es una divinidad la que hemos asesinado. Es la idea que hay algo más allá del hombre la que ha muerto, y que el mundo pertenece a un grupo de superhumanos. La metafísica es el cadáver.

La tarea de remedar un sentido fuera de la voluntad individual se traduce en los intentos filosóficos del siglo XX: Existencialismo: Sartre, Simone de Beauvoir y Camus. La Fenomenología de Husserl y Heidegger; el Estructuralismo de Lévi-Strauss y Barthes; el Posestructuralismo de Foucault y Derrida, el Pragmatismo de John Dewey; la Escuela Analítica del lenguaje y la lógica, con Bertrand Russell y Wittgenstein, y la Teoría crítica de la Escuela de Frankfurt de Adorno y Habermas.

Viene al caso preguntarnos por el papel que juega en todo esto lo tecnológico sobre lo cual reflexionó el mismo Heidegger en el libro La pregunta por la técnica donde argumenta que la tecnología es en verdad una forma de revelación que influye en cómo percibimos y nos relacionamos con el mundo. Otros autores más tarde definen un determinismo fuerte como el hecho de que: “la tecnología por sí sola determina el desarrollo social y cultural sin importar otros factores”.

En una frase, con la ciencia que ha devenido meramente en tecnología con valor de utilidad, parece que se puede hacer todo aquello de lo que la tecnología es capaz, y el juicio de valor es un cálculo de conveniencia, sin poder definir claramente qué es dicha conveniencia: ¿la acumulación de riqueza?, ¿el poder sin control?, ¿la inmortalidad?, ¿la salud de las gentes?

El Mundo Murino.

Desde hace décadas, en la expansión del estudio de células madre, se viene experimentando con precursoras de tejido que puedan desarrollar órganos o estructuras complejas. Las células madre son estructuras pluripotenciales que pueden desarrollarse hacia cualquier tejido. Se obtienen de sangre de cordón umbilical; pero hoy células inmaduras de la piel, por ejemplo, pueden retrotraerse hacia una capacidad de desarrollar neuronas. Una neurona es básicamente un dispositivo binario, con un cuerpo y axones, cuasi-digital, con señal, sin señal. Esta similitud con los 0 y 1 del lenguaje informático llevo a John von Neumann en su última publicación el año 1956 a comparar la similitud de computadores (el modelo MANIAC, que da origen al gran último libro de Benjamín Labatut), y el cerebro. Von Neumann, con su Teoría de Juegos, es el referente del modelo de Destrucción Mutua Asegurada que paralizó el uso de armas atómicas, por ahora.

Un área de difícil exploración en humanos es la mente y el cerebro. Existen técnicas de cultivo celular para estudiar neuronas; pero con un costo elevado, poca durabilidad, y sin posibilidad de explorar relaciones entre un tejido y otro. Poco se puede avanzar con este material, porque la riqueza neurológica reside en el modelo de interacción entre distintas neuronas.

Por ello, se han desarrollado técnicas para implantar organoides precursores neuronales humanos en cerebro de animales desde 1997. Se puede comprender enfermedades como epilepsia, esquizofrenia, reparación de nervios.

Imaginemos la promesa que encierra, por ejemplo, que se pueda reconstruir la retina para recobrar la visión, o que alguien que ha tenido una sección de la médula espinal y está en paraplejia pueda volver a caminar, o que una zona de la corteza destrozada por un infarto cerebral pueda ser regenerada.

Este sistema de implantes produce una quimera, es decir, un ser en el que habitan dos genomas, con tolerancia. La palabra quimera evoca seres mitológicos, parte humanos y parte animal, como la Esfinge de Giza.

En los laboratorios la especie más usada para experimentar es el Mus Musculus, es decir, el ratón. Razones sobran. Es barato, se reproducen rápidamente, y la humanidad no les aprecia por memoria de pestes terribles. Al implantarse células humanas en sus cerebros, sobreviven lo que dura el animal, es decir, tres años.

El año 2022, se publicó en la revista Nature un artículo de un grupo estadounidense, dirigido por Sergiu Pasca de Stanford, en que se demuestra que además de la anidación exitosa de las neuronas humanas, al estimularlas directamente con una luz azul, se generan cambios en la conducta del animal, que pueden ser potencialmente condicionados, en el sentido pavloviano. Es decir, estímulos en las neuronas injertada, pueden controlar la conducta del animal, y desarrollar aprendizaje.

El reporte generó inmediata repercusión en el mundo científico y en medios de prensa, en particular, el NY Times. Preguntas como ¿estos roedores llegarán a tener consciencia? ¿desde la perspectiva del derecho, es esto permisible?, ¿no será preciso dictar una moratoria hasta que las consecuencias de este avance se definan mejor?

Esto ya no es una quimera, sino una SINGULARIDAD. Se ha originado algo completamente nuevo, un punto en el que avances tecnológicos producen cambios impredecibles en la civilización humana. Se ha llegado a un punto de no-retorno. Es como la Inteligencia Artificial, en que en su forma “ampliada” es superior a la humana y capaz de aprender por sí misma.

Hoy el mercado de los organoides y asambloides mueve US$2,3 billones al año, con crecimiento exponencial. Al leer artículos científicos recientes de muy diversos países sobre la materia, hay que constatar que asistimos a una verdadera carrera murino-armamentista. Uso la palabra armamento, porque al revisar los laboratorios de origen de estos informes, la mayoría está o estará bajo control de una agencia militar.

El autor

Mario es famoso por su tremenda contribución en el ámbito de las políticas públicas, específicamente en el ámbito de la gestión pública, la educación, el Servicio Civil y la Ingeniería de Sistemas. Y lo ha hecho siempre basándose en datos, evidencia llegando a propuestas y posiciones, que no pocas veces sorprenden. Piensen por ejemplo que su último gran trabajo apunta a señalar que el Estado chileno es verdaderamente eficiente, comparado con el de otros países. Esto lo ha llevado a publicar diversos estudios y libros, como “Se acabó el Recreo”, “Educación para el siglo XXI”, “Introducción a la Gestión Pública”, y “Tejado de Vidrio”.

Es necesario señalar que el libro que presentamos no es el primero del ámbito literatura. Le preceden la autobiografía “Recuerdos Descabellados” *, y el relato de ciencia ficción “El Diario de Kyro”, en la vertiente de Isaac Asimov.

Mario, que sufre de una curiosidad sin límites, siempre con esa capacidad de sorprenderse frente a lo nuevo como si fuera un niño, lee en un recorte de prensa el eco de la noticia del NY Times. Se lanza a la búsqueda, y se impresiona con lo que inmediatamente capta con su inteligencia: esto es un cambio revolucionario.

A partir de este hilo, sucumbe a la tentación de escribir un relato que hoy presentamos con el adecuado nombre de “Ecos de la Soberbia”, motivo por el cual me permití citar el relato del Génesis al principio: “Y seréis como Dioses”.

El autor concibe una historia paralela a lo que se experimenta en la Universidad de Stanford, personalizada en una joven científica, Jessica, de una imaginaria universidad chilena. Mario hace converger la realidad y la ficción para desarrollar un libro provocativo, que se lee con una sensación de vértigo permanente, al borde del precipicio. La novela de ciencia con ficción se adentra en el mundo de los ratones “humanizados” y su interacción cada vez más significativa con personas, al punto de hacer válida la pregunta: ¿en qué momento el murino-quimera empieza también a ser persona?

Mario Waissbluth ha abierto una caja. La que abre Pandora contiene todas las amenazas para la humanidad, como los Jinetes del Apocalipsis de Juan. En el fondo de esa caja, esta primera mujer retiene a la Esperanza. El título que deberíamos proponer a Mario para la segunda parte de “Ecos de la soberbia”, debería ser “Ecos de la esperanza”.