El Mercurio – 27 de agosto de 2023

Próximo a presentar su libro “Un Ejército para todos”, el general (r) afirma que ha tenido consecuencias muy negativas la intervención de las Fuerzas Armadas en política.
Sorprende ver a Ricardo Martínez Menanteau de civil. Por años se le vio vistiendo el uniforme militar, llegando a ser la máxima autoridad del Ejército.
En ese cargo, que ejerció desde el 9 de marzo de 2018 hasta el 2 de marzo de 2022, buscó impulsar, con la convicción de contar con el apoyo de sus subalternos, una reflexión sobre el ethos militar y la necesidad de analizar el rol del Ejército a 50 años del golpe de Estado.
La difusión de ese trabajo se vio bruscamente interrumpida, porque el día en que realizó su cuenta pública exponiéndolo, también anunció su renuncia a la Comandancia en Jefe, ya que estaba citado a declarar como inculpado en la arista de pasajes durante la investigación por mal uso de recursos en el Ejército, tema en el que remarca que no se probó nada en su contra.
En el libro, que será presentado el martes en la Universidad Católica, Martínez retoma esa iniciativa, enfatiza en la necesidad de un Ejército “del país y para el país” y hace una revisión crítica de lo ocurrido durante el régimen militar. El general en retiro, formado como comando, no les teme a las reacciones que suscitan sus opiniones en el mundo de los exuniformados.
—Usted ingresó al Ejército a los 15 años, el año 76. ¿Cómo describiría el ambiente político y social de la época?
—Era bastante convulsionado y también hermético. En ese período no existía la conectividad que hoy tenemos y, con ello, la posibilidad de que lo que ocurra en un extremo del país o del mundo sea conocido casi inmediatamente. Incluso, en el mundo militar se habla de que en la actualidad las operaciones de combate son “transparentes”, tratando de graficar que con la tecnología con que hoy se cuenta, las acciones o conductas a las que uno se pueda ver enfrentado serán conocidas más temprano que tarde por toda la ciudadanía.
—Usted enfatiza en el libro que el camino del Ejército en los últimos años ha tenido logros pero también “hechos repudiables”, como el asesinato de dos comandantes en jefe y violaciones sistemáticas de los DD.HH. ¿Qué efecto busca con ello?
—Creo que lo que falta es conversar más para saber exactamente cuáles son los tipos de reconocimiento que la sociedad todavía siente que las Fuerzas Armadas no han hecho. Del mundo militar que provengo, especialmente los en retiro, se piensa en general que han hecho suficientes gestos en estos años. En lo particular, tenía la convicción de que había cosas que no se habían dicho con la claridad que se expone en este texto, y eso fue lo que hice cuando tuve el mando en jefe, con el apoyo del Cuerpo de Generales que en su momento me acompañó.
—En su libro se refiere al ethos militar y a la necesidad de cerrar heridas, cuestión que comentó con el Cuerpo de Generales antes de dejar la Comandancia en Jefe. ¿Cómo fue recibida su propuesta entre sus pares?
—Siempre fui apoyado por el Cuerpo de Generales para iniciar esta reflexión y por eso se incorporó en el Plan Estratégico de Acción “Carrera” 2019-2022 como uno de los trece objetivos a ser alcanzados.
En el primer Consejo Militar de marzo del 2019 en el que participaron todos los generales, se trató por cuatro días de manera exclusiva la reflexión de los 50 años, especialmente los aspectos negativos que fueron expuestos por los generales, sin obviar las violaciones a los DD.HH., siendo todos muy claros en la condena a esas acciones.
Posteriormente, el 2022 y antes de su difusión, fui a informarles del tenor de la publicación, puesto que el estallido social y la pandemia habían impedido cumplir con la planificación prevista y fue después de la lectura que realicé, donde siete u ocho generales me pidieron, en frente de sus pares, que llevara la firma de todos; les agradecí, pero les pedí que lo discutieran sin mi presencia, pidiéndoles un quorum total de respaldo de los asistentes. Tuve un apoyo abrumador de los generales, pero al existir un general que, si bien lo apoyaba, prefería leerlo por completo y como no había tiempo, decidí publicarlo solo con mi firma.
—Usted remarca en su texto la importancia de que el Ejército en el futuro no sea identificado con un sector político determinado. ¿Ve riesgos al respecto?
—Hay varias medidas que se están tomando y que otros actores también podrían ayudar para que esto no suceda, una de ellas es la formación que se hace en la Escuela Militar y de Suboficiales. Otra que reforcé en mi mando en jefe fue la prohibición terminante de que se discutiera de política entre los militares, indicándoles que el único espacio para tener una posición era en el interior de la cámara secreta al momento de emitir su voto. Otro aspecto que ayudaría mucho es que sectores políticos no vean al Ejército como una vía para alcanzar sus objetivos sociales, económicos y políticos, asunto que ha quedado bastante documentado en la historia de nuestro país. Puedo entender la mirada y percepción de determinados actores políticos que, debido a la historia reciente, tengan aún desconfianza con el mundo militar, pero el Ejército es una institución de todos y sus integrantes desean y aspiran a que ello sea parte de la realidad.
—En su libro recuerda que en la Comisión de Verdad y Reconciliación se reconoció que hubo una aguda polarización política del mundo civil. En su opinión, ¿cuánto influyó eso en el Golpe?
—Influyó completamente, los actores políticos son los principales responsables del quiebre democrático que se produjo el 11 de septiembre de 1973, al no ser capaces de llegar a acuerdos políticos, mientras paralelamente se buscaba el apoyo de las Fuerzas Armadas para lograr objetivos que fueron incapaces de alcanzar por la vía electoral o de los acuerdos. También influyó la polarización mundial de la Guerra Fría, que no fue ajena a Chile, a su política ni a sus instituciones armadas.
—¿Fue un error que Salvador Allende nombrara a militares en cargos políticos?
—Creo firmemente que fue un error, porque significó sacar a las Fuerzas Armadas de su rol principal y “apolítico” que siempre se debe salvaguardar. Los generales y almirantes se convirtieron de un día para otro en actores políticos al ejercer cargos de esa índole, lo que legitimó, en cierta manera, el derecho a opinar y discutir asuntos políticos dentro de los cuarteles, polarizando cualquier discusión.
—¿Usted no cree que muchas personas apoyaron la intervención militar pensando que había un escenario de inestabilidad política y que los militares debían restablecer el orden?
—La inestabilidad política fue generada por los distintos actores políticos que no fueron capaces de transar sus posiciones, y de eso creo que no hay duda. Unos argumentaron la necesidad de la dictadura del proletariado; otros, un socialismo dentro de los caminos que permitía el ordenamiento constitucional y legal; otros tratando de llegar a acuerdos o de franca y dura oposición, pero también algunos que propiciaban la violencia para apurar cambios. Al final, los militares sufrieron tal nivel de presión en los cuarteles para concretar un quiebre democrático con las consecuencias de lo vivido a partir del 11 de septiembre de 1973.
—Usted enfatiza en la ética que rige el ethos militar. Pero en el 73, parte del alto mando estimaba que era un imperativo ético intervenir.
—Tal como hay valores a los cuales los seres humanos aluden, hay otros que ante la misma circunstancia expresan una posición en sentido contrario. En el libro relato la situación desconocida para una inmensa mayoría de la población, incluso del Ejército: la conducta del entonces coronel José Ramos Albornoz, segundo al mando de una de las unidades más poderosas de esa época, el comando que agrupaba a todas las academias y escuelas, entre ellas la Escuela de Paracaidistas. Este oficial renuncia el mismo 11 de septiembre porque ello incumplía su juramento constitucional, para haberlo hecho en ese momento hay que tener un gran coraje.
—Usted señala en el libro que ha sido negativo el involucramiento de las FF.AA. en la política contingente, derivado de “vacíos de poder, caudillismos y de los roles latentes que le entregó la sociedad como una manera de superar episodios críticos a lo largo de la historia de Chile”.
—Es cierto, cada vez que en la historia de nuestro país algún sector se siente perjudicado por el devenir político, cree tener en las Fuerzas Armadas la carta de reserva para no ser perjudicados, olvidándose de que cada vez que a los militares se les incluye en estas acciones se les politiza por décadas, lo que afecta su rol principal que es la defensa nacional y la percepción ciudadana de no sentirlas realmente como transversales y, por ende, que no les pertenecen a todos.
—Usted también habla de un sistema jerárquico que centralizaba el poder con “una obediencia absoluta”. ¿Eso influyó en lo que sucedió antes, durante y después del Golpe?
—En esa época la manera de entender las órdenes militares era que ellas debían ser cumplidas, aunque existían espacios para representar alguna objeción o aclaración; si ella era confirmada, en la práctica era obligatoria. Creo también que se consideraba que cuando un superior daba una orden, esta era legal porque no era posible entender que se tolerara que alguien, independiente de su rango, se permitiera dar una orden ilegal, estaba fuera de discusión.
—En el libro se habla de la Guerra Fría y cómo el mundo se dividió en dos. ¿Cree que alinearse geopolíticamente con Estados Unidos no fue lo correcto? ¿O era una cuestión inevitable?
—Lo que se vivió hace 50 años ya se hizo, es más fácil hacer los análisis después de los hechos porque ahora tenemos todos los datos; por una parte, el papel de EE.UU. para hacer todo lo necesario y en esto abarco todas las acciones, como quedó demostrado en la preparación del asesinato del general Schneider, como su papel en múltiples golpes de Estado en América y, por otro lado, la acción de los soviéticos para hacer exactamente lo mismo en esta parte del mundo y en otras latitudes. El mundo de los 50 a los 80 fue un rehén de la disputa entre el Este y el Oeste.
—De su texto se desprende que, a su juicio, las FF.AA. nunca debieron incurrir en un Golpe. ¿Eso es así?
—Ha quedado muy demostrado a raíz del golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 los efectos negativos en la convivencia nacional que produce el quiebre del orden constitucional, por lo que no debe ser parte de una solución a una crisis política. En ese quiebre la sociedad en su conjunto y todas las instituciones deberían hacer una evaluación de lo ocurrido, por lo que lamento el grado de crispación que existe hasta hoy.
—El libro resalta la figura del general Schneider y de Prats, ¿usted siente que hay una deuda de la institución con ellos?
—Siempre los homenajes son pocos para quienes han actuado de manera correcta, como es el caso de estos dos excomandantes en jefe; lo que me gustaría es que a raíz de este libro y otros textos se les estudiara más en las escuelas y academias de formación. Siempre es más fácil y mejor criticar desde afuera sin sentir el peso de la responsabilidad que ellos tuvieron en un momento especialmente álgido de nuestro país. Obviamente, habrá críticas como toda obra humana, pero nadie puede desconocer el rol y sentido del deber que tuvieron, que aunque fueron inicialmente incomprendidos, los años los están colocando en el sitial que merecen.
—En estos días ha estado en discusión el acuerdo de la Cámara de Diputados, del 22 de agosto de 1973, que representaba un grave quiebre del orden constitucional. ¿Cuál es su opinión al respecto?
—Es muy peligroso aludir a esa resolución de la Cámara de Diputados con el presente. Hay que cuidar la democracia siempre y no solo cuando se está en el Gobierno o en la oposición, y esto lo digo porque se referencia mucho a ese acuerdo como uno de los fundamentos del Golpe. Hay que recordar que para sacar a un Presidente, en la Constitución que regía en ese momento, se necesitaban los 2/3 y la declaración de la oposición solo tenía mayoría. Obviamente, tanto lo de 1973 y lo que pudiera ocurrir de ahora en adelante no es fundamento mientras la Constitución fije claramente las formas y modos para destituir a un Presidente democráticamente elegido. A esto me refiero (al afirmar) que hay que cuidar la democracia y hacer acuerdos hasta que duela, como decía el padre Hurtado.
—Se ha dicho que los militares no querían salir a las calles para el estallido de 2019 debido a que los perseguía el fantasma del 73. ¿Es así?
—Yo era el comandante en jefe del Ejército y no tenía fantasmas para tomar las resoluciones o asesorías cuando me las solicitaban. Este aspecto lo tenía muy presente y lo comunicaba a los generales, que ante problemas sociales o políticos las Fuerzas Armadas no son la solución, por lo que siempre entregué mi opinión a este respecto ante las autoridades políticas para que no se involucrara más allá de lo prudente a los militares en tareas de orden público. Me refiero específicamente a las que involucraban control y dispersión de manifestantes, que es una tarea netamente de Carabineros, ya que los militares no tenemos en nuestra formación cultura policial para actuar en esas misiones.
—En su texto, usted plantea que capitanes y tenientes “no tenían otra posibilidad que cumplir las órdenes” tras lo ocurrido en el 73. ¿Qué alcance le da a eso?
—Cuando uno conoce la dinámica del cumplimiento de las órdenes que en esa época se vivía, es extremadamente difícil e injusto opinar si hubiese actuado de una u otra forma. Hay que recordar que la Junta de Gobierno en el decreto ley 5, del 12 de septiembre de 1973, decretó el estado de sitio en todo el territorio nacional, que debía entenderse como estado de guerra interna y, con ello, el incumplimiento de las órdenes bajo ese estado de sitio podía implicar para los militares el fusilamiento si se negaban a ejecutarlas. Para mí, la responsabilidad mayor la tenían los mandos superiores, que no pudieron o no quisieron detener lo que se estaba llevando a cabo.
—Usted afirma que lo realizado por Arellano Stark en la llamada Caravana de la Muerte va en contra de todo honor militar. ¿Se refiere a las ejecuciones o va más allá de ellas?
—Cuando un superior, como en este caso el general Arellano, al ser requerido por la justicia invocó que no había ordenado ejecuciones, cuando sí lo hizo, y les traslada la responsabilidad a los menos antiguos que se vieron obligados a ejecutarlas, hay una falta total de honor militar y el general Arellano era delegado del comandante en jefe y, por tanto, ambos desde la mirada militar son corresponsables de lo ocurrido en la Caravana de la Muerte, considerando, además, que Arellano a las pocas semanas recibió un ascenso por resolución del mando en jefe.
—Usted se pregunta “por qué no se reprocha que algunos militares, incluido el general Pinochet, no asumieran su responsabilidad de mando”. ¿Eso era lo que correspondía hacer?
—(Pinochet) debió haber asumido su responsabilidad de mando. Al no hacerlo, otros siguieron esa conducta, dejando desvalidos a los que finalmente ejecutaron las órdenes, muchos de ellos creyendo que eran legales las que después fueron desconocidas por algunos de esos superiores ante los tribunales; un buen ejemplo es la Caravana de la Muerte con el general Arellano.
—Hoy en Punta Peuco hay condenados por crímenes de lesa humanidad. Hay una iniciativa en el Consejo Constitucional, propuesta por republicanos, para que las personas mayores de 75 años puedan cumplir sus condenas con arresto domiciliario. ¿Está de acuerdo?
—Antes de responder esa pregunta es indispensable decir que nada es suficiente para mitigar el dolor de las familias de las víctimas que por años han demandado justicia. También creo que la esencia de una sociedad democrática es demostrar una estatura ética superior y de no comportarse como quienes le agraviaron. Por tal razón, estoy de acuerdo con esta iniciativa humanitaria de permitir, conforme a fallos judiciales, que los que están enfermos terminales o discapacitados mental o físicamente puedan seguir cumpliendo el resto de sus penas en arresto domiciliario total.
—El Ejército ha presentado escándalos respecto del uso de recursos y varios excomandantes en jefe enfrentan juicios. ¿Faltan más controles civiles respecto del uso de los recursos al interior de las Fuerzas Armadas y de Orden?
—Me produce un sentimiento de tristeza por el Ejército y por la situación humana que están pasando junto a sus familias; estoy seguro de que ellos son los más interesados en demostrar ante la justicia con los antecedentes que puedan entregar para explicar lo ocurrido, sabiendo que nadie está por sobre la ley. Todos tenemos la presunción de inocencia cuando nos acusan de delitos y eso vale para todos los ciudadanos, incluyendo a los excomandantes en jefe.
Respecto a los controles, ellos son necesarios en cualquier orden de cosas y, con mayor razón, cuando hay recursos financieros fiscales y esto vale no solo para las instituciones armadas, de orden y seguridad, sino para toda la administración pública; de lo contrario, vea lo que ocurre con los municipios, fundaciones, etc.
—Usted también enfrentó un juicio sobre esa materia en la arista de pasajes y fletes. ¿Qué puede decir al respecto?
—La Corte Marcial y la Corte Suprema dejaron establecido claramente que nunca existió mérito para vincularme a ese proceso y a ningún otro, y ratificaron dicha situación, liberándome de todo tipo de vinculaciones con el mismo.
—Recientemente se dio a conocer el fallo sobre el caso Frei. Miembros de la familia suponían dolo por parte del Ejército y de la U. Católica. ¿Una vez conocido el veredicto cuál es su opinión?
—Lamento mucho la pérdida para la familia Frei Ruiz-Tagle de su padre, un ex Presidente de la República, en circunstancias muy debatidas y controvertidas ante las cortes y los medios de prensa. Existe una resolución de la Corte Suprema que zanjó este caso, no soy abogado y, aunque lo fuera, existen dos realidades: una, como dije, de la familia Frei y la otra de quienes se vieron acusados por cerca de 20 años y recién ahora esta verdad judicial les ha entregado tranquilidad.
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