Mi bisabuela: la primera mujer chilena condenada a muerte

La jueza penal Andrea Díaz-Muñoz descubrió por casualidad un secreto en su familia: su bisabuela había planificado el asesinato de su marido y por este crimen fue condenada a muerte. El caso, que ocurrió hace más de cien años, la motivó a investigar e intentar contar la historia completa de esta mujer, que fue juzgada con gran dureza por la sociedad y la justicia de entonces, tras conocerse que tenía un amante. De ahí nació el libro que acaba de publicar: «Corina. Una mujer, no un crimen».

Por Carola Solari — Foto: Carla Pinilla — Revista Sábado, de El Mercurio. 10 de octubre de 2026

Hace unos años, Andrea Díaz-Muñoz, jueza titular del Cuarto Juzgado de Garantía de Santiago, se topó con una noticia en el intranet del Poder Judicial al cumplirse 100 años de la primera condena a muerte a una mujer en Chile: Corina Rojas. Le llamó la atención y leyó el relato de esa señora de clase alta que planificó la muerte de su marido, un terrateniente mucho mayor que ella, y contrató al cochero para que materializara el asesinato, el 21 de enero de 1916. Cuando leyó el nombre de la víctima, David Díaz-Muñoz, no dejó de notar que tenía el mismo apellido que ella.

-Me pareció muy raro —dice ahora, en el comedor de su casa en Providencia.

«En la actualidad actuamos con perspectiva de género y si este caso se hubiera juzgado hoy habríamos tenido en consideración todos los sesgos respecto de las mujeres».

Intrigada, se puso a buscar. Y encontró un libro de la época, «El crimen de la calle Lord Cochrane», que además de relatar pormenores de ese homicidio, estaba acompañado de muchas fotografías. Una de ellas, la de David Díaz-Muñoz. Y otra de sus cuatro hijos con Corina Rojas: Heriberto, Teobaldo, Gustavo y Olga.

-Encontré que Díaz-Muñoz se parecía a mi papá —dice Andrea. Y luego, cuando vi la foto de los hijos y leí sus nombres, me di cuenta de que Gustavo era mi abuelo, porque además aparecía con su hermana Olguita, con quien era muy unido. Ellos están enterrados juntos en el Cementerio General, por eso yo sabía de Olguita, que murió antes de que yo naciera. Dije: no puede ser tanta coincidencia.

Comenzó a consultar a parientes y primos. Porque cuando esto ocurrió, su padre ya había fallecido y no alcanzó a contarle de su hallazgo. Para su sorpresa, en la familia nadie tenía idea de esta historia.

-Era un secreto muy bien guardado. Y esto no es tan inusual. A medida que he contado esta historia, otras personas me han relatado episodios de sus abuelos o bisabuelos que escondieron o falsearon algún hecho que no fue traspasado a las nuevas generaciones. Y en esta historia particular, me pareció increíble que estuviera tan escondida.

Sin proponérselo, Andrea Díaz-Muñoz había descubierto a una homicida en la familia.

-Se me hizo urgente investigar lo que había pasado —dice.

Andrea Díaz-Muñoz estudió Derecho en la Universidad de Chile y desde este año se desempeña como jueza especializada en Responsabilidad Penal Adolescente. Tiene, además, desde el colegio gusto por la escritura y ha escrito varios cuentos infantiles.

Junto con tirar del hilo de este crimen que involucró a sus antepasados, investigando en el Archivo Histórico Judicial —donde encontró el expediente que contenía la declaración que ella dio y la sentencia—, decidió escribir esta historia mientras asistía al taller literario de Pablo Simonetti, lo que le tomó cuatro años. De ahí nació el libro «Corina. Una mujer, no un crimen», donde se impuso contar la historia completa, tratando de entender qué llevó a su bisabuela a planificar el asesinato de su marido y por qué no vio a sus desdichas matrimoniales una salida distinta. También en su calidad de jueza revisó todos los antecedentes del juicio que, a su parecer, podrían haber llevado a una sentencia menos dura.

—Sin pretender justificar lo que hizo, que fue terrible, quise darle una voz a Corina. Aunque hayan pasado más de 100 años, quise escuchar sus problemas, sus conflictos, porque ella le dijo al juez siempre la misma versión: que no era feliz en su matrimonio, que siendo una adolescente fue obligada a casarse. Ella se enamora perdidamente de otro hombre y es ahí donde viene este conflicto.

Cuenta que a medida que investigaba, se le hizo claro que Corina Rojas fue condenada de forma unánime antes de la sentencia; esto, luego de que se descubriera que tenía un amante, el profesor de piano Jorge Sangtz, quien resultó ser un estafador que antes había embaucado a otras mujeres acaudaladas, incitando a Corina a matar al marido y que, cuando fue detenido, la inculpó a ella inmediatamente en su declaración.

Las referencias de la época son muy elocuentes. Por ejemplo, la descripción que se hace de Corina Rojas en el libro «El crimen de la calle Lord Cochrane» la caracteriza así: «Es una mujer de 32 años, morena, pálida, de ojos negros, vivos, de rostro simpático, modales ágiles, andar menudo, que en su conjunto da la impresión de mujer sensual, ardiente, voluble, que busca al hombre y es buscada por él». Mientras a David Díaz-Muñoz, el marido y la víctima, se lo nombra como «un acaudalado caballero de 58 años que poseía varios bienes en Santiago y Coinco (…). Era un hombre de temperamento tranquilo y costumbres apacibles que se hallaba enteramente dedicado al cuidado de su familia y al acrecentamiento de su fortuna». Ninguna referencia se hizo en el libro, observa ella, a que Corina era maltratada por su marido quien también la engañaba con otras mujeres.

—Es increíble la diferencia de cómo se definía a una mujer y a un hombre en esa época —comenta Andrea Díaz-Muñoz.

Y más adelante agrega:

«Creo que ella no fue escuchada. Desde el primer día se consideró todo lo que la perjudicaba, para ser condenada porque había cometido adulterio (…). Sumemos que tenía una enfermedad llamada histeria, que no fue considerada, porque no convenía para decretar la máxima de las penas. Por eso digo que no se tomaron en cuenta otros elementos, como la irreprochable conducta anterior, que nos permiten como jueces, saber a quién se está juzgando. De todo esto me fui dando cuenta y quise escribirlo y comunicarlo. Aunque ella no esté quedó una deuda pendiente».

—¿Te das cuenta de que hubo mucho sesgo hacia ella, entendiendo que era otra época?

—Todo lo que se decía de ella de parte de la sociedad era para que recibiera la mayor de las penas. Una mujer adúltera en esa época, que haya engañado a su marido y planificado su muerte era lo peor. No merecía seguir viviendo. Pero, al mismo tiempo, existía un grupo de mujeres, que era de la Sociedad de Socorros Mutuos, mujeres obreras, que abogaron para que ella saliera en libertad y enviaron muchas cartas al Presidente Juan Luis Sanfuentes, para que la indultara, lo que finalmente ocurrió (…). Ella había estado antes en un hogar en la calle Lira que era administrado por religiosas. Y también ellas acompañaron una carta en que dicen que tenía excelente conducta, que ayudaba, era respetuosa. Yo creo que sin este grupo incipiente de mujeres que abogaron por los derechos de las mujeres, ella habría corrido otra suerte. Porque fue bastante importante. Corina también escribió una carta pidiendo clemencia; no por ella, sino por sus hijos. Pero creo que con la carta de ella solamente no habría bastado para que la indultaran.

—¿Crees que sin ese apoyo de las mujeres la habrían fusilado?

—Creo que sí, perfectamente lo podrían haber hecho. Pero no habría sido justo. Porque si bien hay que aplicar sanciones, tienen que ser justas. En la actualidad actuamos con perspectiva de género y si este caso se hubiera juzgado hoy habríamos tenido en consideración todos los sesgos respecto de las mujeres, lo que les ha tocado vivir, su historia. Y eso es lo bonito del trabajo que hice. Como jueces trabajamos sobre hechos probados, de relevancia jurídica. Y en el fondo, determinamos qué sucedió. Pero la literatura permite el acercamiento a las personas y es el trabajo que hice con esta historia por más de cuatro años: conocer por qué sucedió, por qué ella no pudo echar atrás su decisión, por qué tuvo que seguir adelante. Creo que este complemento hace que la historia de Corina sea conocida como es: con la literatura y el trabajo judicial.

«Creo que ella no fue escuchada. Desde el primer día se consideró todo lo que la perjudicaba, para ser condenada porque había cometido adulterio».

Un grupo de mujeres obreras de la Sociedad de Socorros Mutuos abogó para que Corina Rojas saliera en libertad y enviaron cartas al Presidente Juan Luis Sanfuentes para que la indultara.

—¿Lograste ponerte en el lugar de Corina, encarcelada, traicionada por su amante, pensando que moriría?

—En ese momento, me imagino la angustia y el temor que tenía ella sabiendo que iba a ser ejecutada y que nunca más iba a poder abrazar a sus hijos (…). Yo también tengo cuatro hijos. Me imagino lo agradecida que tiene que haber estado, considerando que una parte de la sociedad quería lo peor de las penas, pero la otra —y aquí hubo una división social— quería que no fuera ejecutada. Porque también miraban a los hijos de Corina: ya habían tenido un castigo suficiente en ver morir a su padre. Y ahora ver morir ejecutada a su madre era un castigo muy cruel. Creo que todas esas consideraciones fueron tenidas en vista por el presidente de la época para haber indultado a Corina y no solo a ella, también al cochero, que enterró la daga en el corazón de Díaz-Muñoz. Es una historia bastante fuerte, pero quedé bien satisfecha con este trabajo porque han pasado 100 años, pero aún existen mujeres que sienten que no son escuchadas por la sociedad, por sus familias. Pese a que nosotros como justicia hemos avanzado bastante. Yo trabajo en esto, soy jueza penal, ahora de responsabilidad adolescente. Y creo que hemos avanzado como sociedad.

—¿En qué se notan esos avances en el trabajo de un juez?

—Primero, el sistema. Antes era absolutamente inquisitivo: el mismo juez investigaba y condenaba; o sea, qué imparcialidad podría haber tenido. Ahora es distinto, los que investigan son los fiscales y el juez es el que toma las decisiones. Es un sistema absolutamente más garantista, un sistema acusatorio en beneficio de la persona que tenemos al frente. Además, es bastante importante la Defensoría Penal Pública que es una defensa de calidad, que tiene parámetros, que desde el día uno escucha a la persona, tienen reuniones permanentes, no es que los dejen tirados en la cárcel. De acuerdo a sus propias políticas e instructivos tienen que ir a visitarlos. No dejan abandonado un expediente, siguen con la causa hasta el final. Como jueces también hemos avanzado por la perspectiva de género, que a mí me parece fundamental al momento de resolver.

—¿Qué quiere decir resolver con perspectiva de género?

—No significa resolver a favor de las mujeres, porque ahí nosotros no tendríamos la balanza respecto de la igualdad. Pero sí tenemos que tener en cuenta las brechas que ha puesto la sociedad, las historias de las mujeres. Y ya sea en las medidas cautelares o las sentencias, lo hacemos considerando esta problemática que han tenido que pasar las mujeres a lo largo de la historia.

—La violencia hacia las mujeres es algo que suele repetirse y en el caso de Corina Rojas también existía ese elemento.

—Sí y también la violencia económica. Ahí aparece que efectivamente el proveedor era David Díaz-Muñoz, quien le negaba cosas que eran absolutamente indispensables para que ella pudiera mantenerse bien. Yo creo que él nunca supo de este engaño porque tiempo antes la favorece con parte de su testamento. Pero él también tenía amantes, tenía hijos por fuera, pero de eso nada se dice. Corina sí sufría porque los hijos de Díaz-Muñoz sabían donde ella vivía y le iban a tirar piedras.