
Quiero comenzar dando las gracias. Gracias a la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, y a su sede en Santiago, por abrirnos las puertas de su casa esta tarde. No es un gesto menor: presentar un libro sobre la democracia dentro de una universidad —un lugar hecho para pensar sin apuro— es devolverle a la palabra su sitio natural. Gracias también al Centro de Estudios del Desarrollo, que nos acompaña en esta invitación; a Francisco Orellana y a Victoria Trapp, que han tenido la generosidad de leer y comentar el libro; a Claudio Pérez, que modera esta conversación; y, sobre todo, a ustedes, que decidieron acompañarnos.
Como editor de JC Sáez Editor, he tenido el privilegio de acompañar de cerca la escritura de esta obra, y quisiera decir unas pocas palabras sobre su autor, sobre el sentido del libro y sobre por qué me parece que esta tarde —esta pausa que hoy nos damos— importa más de lo que parece.
Sobre el autor. Eduardo Palma Carvajal es politólogo, formado en Ciencias Políticas en la Universidad de Lovaina. Su vida académica transcurrió en las universidades de Chile y Católica, en la Academia Diplomática y en la CEPAL, y llevó su reflexión a más de una decena de países.
Fue asesor político de la Cancillería durante el gobierno del Presidente Eduardo Frei Montalva, siendo canciller Gabriel Valdés. Y desde fines de los años cincuenta colaboró con la revista Política y Espíritu, hasta llegar a dirigirla al terminar el siglo. Detrás de estos Recados hay, entonces, toda una vida dedicada a pensar la democracia: no como espectador, sino como alguien que la vivió por dentro, en sus horas mejores y en las peores.
Sobre el libro. Su título dice casi todo. Palma eligió la forma del recado —esa forma entrañable que cultivó Gabriela Mistral— porque, según sus propias palabras, es «un modo directo y sensible de comunicarse y acercarse con respeto y humildad a los compatriotas». No hay aquí, escribe, «ni trompetas ni aires triunfales»: es «sólo una voz apenas audible». Y, sin embargo, esa voz apenas audible sostiene una tesis grande: que la democracia no es únicamente un régimen político, sino la nueva civilización humana. A lo largo de cuatro capítulos y un epílogo, el autor recorre el orden político chileno desde la coalición radical hasta el estallido social; examina la descentralización, el patriotismo y la corrupción; y se adentra en los dilemas de la democracia a escala mundial. Frente al desprestigio de la política, no propone fórmulas complejas, sino un camino a la vez simple y exigente: el ejemplo. Una política transparente, de servicio, fundada en la virtud.
Y aquí llego a lo que más quería compartir con ustedes.
Vivimos un tiempo de ruido. Un tiempo en que las grandes potencias rediseñan el orden mundial, en que las guerras han vuelto a instalarse en el paisaje cotidiano y en que el autoritarismo, que creíamos derrotado, reaparece con nuevos rostros y viejas promesas. En medio de ese estruendo, detenerse a reflexionar sobre los asuntos más profundos del devenir democrático puede parecer un lujo, incluso una ingenuidad. Yo creo exactamente lo contrario. Es precisamente cuando arrecia la tormenta cuando más necesitamos hacer una pausa, bajar la voz y pensar.
El propio libro termina advirtiéndolo: el mayor desafío democrático de hoy es construir una política de Estado frente a un mundo cuyas grandes potencias aún no definen las líneas de un nuevo orden. Y su conclusión más inesperada es también la más urgente: que el olvido del siglo XX —el olvido de lo que costó la barbarie— abre la antesala del totalitarismo. Sin memoria común, la democracia queda a la intemperie.
Por eso este libro no llega como una trompeta, sino como un recado. No viene a gritar más fuerte que el ruido, sino a recordarnos, en voz baja, aquello que sabemos y tendemos a olvidar: que la democracia se construye con paciencia, con virtud y con ejemplo; que se sostiene en la amistad cívica, esa capacidad de ver en quien piensa distinto a un adversario y no a un enemigo; y que lo que tanto costó levantar puede perderse en una sola generación si dejamos de cuidarlo.
Hacer esta pausa, esta tarde, en esta casa de estudios, es ya un pequeño acto democrático. Les agradezco que la hagan con nosotros.
Los invito a leer Recados Democráticos y a conversar sobre él con la calma que estos tiempos, más que nunca, reclaman. Muchas gracias.
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