Revista «93», de la Defensoría Penal Pública, N°32, agosto de 2026.
Recientemente se efectuó el lanzamiento de «Corina: una mujer, no un crimen», un libro escrito por la abogada y jueza de garantía Andrea Díaz-Muñoz Bagolini sobre su bisabuela. Se trata de una historia que estaba escondida como secreto familiar, pero que surgió como hallazgo a través de una publicación en las redes del Poder Judicial. Díaz-Muñoz tiró del hilo, escribió el libro y estas son algunas de sus reflexiones.

«Corina» cuenta la historia de la primera mujer condenada a muerte en Chile, por planificar el asesinato de su marido en 1916. Ese es el hecho jurídico. Ese es el dato histórico. Ese es el nombre con que quedó registrada. Una asesina.
Pero yo quería saber quién era la mujer que existía antes de convertirse en «la condenada». Porque los jueces trabajamos con hechos probados. Es nuestro deber. Sin embargo, detrás de cada hecho probado hay una vida que nunca cabe completamente en una sentencia o muchas veces es irrelevante de considerar.
La perspectiva de género ha venido a entregar un mayor estándar de comprensión a las mujeres al momento de ser juzgadas, exigiendo que el derecho sea aplicable y pueda visibilizar las barreras que por siglos han dificultado el pleno ejercicio de sus derechos.
Corina era una mujer muy joven, casada con un hombre mucho mayor, en una época en que las mujeres prácticamente no tenían posibilidad de decidir sobre su destino. Después apareció otro hombre. No era un héroe, precisamente. No era el prototipo de gran amor romántico. Era un manipulador, que acostumbraba acercarse a mujeres con recursos. Un hombre que la presionó de tal forma, que la convenció de que la única salida para conservar su amor y asegurar su integridad física era deshacerse de su marido.
Nada de eso la hace inocente, pero tampoco permite reducirla únicamente a su crimen o a la grave condena que recibió. Y ahí nace este libro, porque escribir sobre Corina no significó justificarla, sino comprenderla, porque vivimos en una época en que resulta muy fácil definir a una persona por el peor acto que ha cometido. La convertimos en una palabra: homicida, delincuente o culpable. Pero ninguna vida cabe en tan pocas letras.

La justicia necesita objetividad, pero nunca debería perder la humanidad. La literatura puede preguntarse qué sintió alguien, qué miedos tuvo, qué pérdidas arrastró y qué circunstancias la fueron empujando hacia un lugar del que ya no supo regresar.
Durante mucho tiempo la historia de Corina fue contada solamente desde la sentencia. Yo quise contarla desde el ser humano, desde la mujer. Ella tuvo cuatro hijos. Muchas veces imaginé el miedo, la culpa y la desesperación de esa madre. El temor de no volver jamás a abrazarlos.
No escribí pensando en absolver a quien era mi bisabuela. Porque Corina era mi bisabuela y planificó la muerte de mi bisabuelo. Escribí porque sentí que, después de más de un siglo, alguien debía devolverle aquello que nunca tuvo: una voz.
Si bien las sentencias son indispensables, no siempre alcanzan a contar toda la historia y buscar la verdad no consiste únicamente en establecer qué ocurrió. También consiste en preguntarse por qué ocurrió, pues comprender a quien tenemos al frente nunca será lo mismo que justificar, pero sí nos hace mejores jueces, mejores abogados, mejores historiadores y sobre todo, mejores seres humanos.
UNA VERDAD INCOMPLETA

A continuación, comparto en este espacio algunas reflexiones contenidas en el libro comentado:
«Se juzgó sólo su acto final, con mucho más rigor que en otros casos; pero se omitió el contexto que lo precedió. No hay preguntas ni cuestionamientos sobre el miedo que tuvo, la soledad o las imposiciones. No hay espacio para entender cómo una infancia interrumpida puede torcer destinos. Así, el expediente construye una verdad incompleta: una que condena sin comprender, pues la principal culpable no fue oída. Y es precisamente ahí donde la ausencia de una perspectiva de género se vuelve decisiva.
Porque no se trata de justificar, sino de comprender lo que sucedió en toda su dimensión. Mirar la historia desde ese enfoque permite revelar las asimetrías de poder, las violencias normalizadas y las decisiones impuestas que marcaron su vida mucho antes del delito. Permite, además, cuestionar los silencios: aquello que no se dijo, lo que no se consideró relevante, lo que se dio por natural y obvio.
Sin esa mirada, la justicia corre el riesgo de volverse ciega a las desigualdades que condicionan los actos humanos. Con ella, en cambio, se abre la posibilidad de una verdad más completa, más humana, capaz de reconocer que detrás de cada conflicto jurídico hay una historia atravesada por estructuras, por ripios o caminos difíciles de recorrer, por contextos y por vidas que no comenzaron en el momento del crimen, sino mucho antes. Y en ese vacío, más que respuestas, queda la sensación persistente de una historia contada a medias. Corina fue víctima también de la fragilidad de un sistema de la época.
Creo que, si al cerrar este libro, que tardó más de cuatro años en ser escrito y publicado, alguien termina preguntándose no solamente qué hizo Corina, sino quién fue Corina, la mujer, sentiré que este trabajo habrá cumplido su propósito».
Por Andrea Díaz-Muñoz Bagolini, jueza del 4° Tribunal de Garantía de Santiago.
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