
Por Viviana Candia – La Segunda
Siempre tuvo inquietud por la escritura. Desde el colegio hacía cuentos y algunas de sus obras —incluso— fueron convertidas en piezas de teatro. Después, cuando tuvo hijos, siguió escribiendo cuentos infantiles que hasta hoy no ha publicado.
Pero fue en 2023, al cumplir 50 años, cuando la jueza de garantía (penal adolescente) Andrea Díaz-Muñoz se dijo: “Voy a hacer solo lo que me gusta y me haga feliz”. Y se desafió a escribir la historia de su bisabuela Corina Rojas, la primera mujer condenada a muerte (1916) por planificar el crimen de su marido, la que posteriormente —tres años más tarde— fue indultada por el entonces Presidente Juan Luis Sanfuentes.
Primero lo hizo como un ensayo en el taller literario de Pablo Simonetti, luego de descubrir esa parte de su historia familiar que desconocía y que, hace unas semanas, terminaría transformándose en «Corina, una mujer, no un crimen», su primer libro.
Todo partió tras ver una historia social. Y algo de aquella mujer llamó especialmente su atención. “Al principio lo dudé, dije: ‘Será un alcance de nombre’”, cuenta. Pero las coincidencias continuaron y comenzó a consultar a familiares, a leer libros de la época y a investigar en el Archivo Nacional Histórico.
Hasta que llegó al libro «El crimen de la calle Lord Cochrane», en donde encontró una fotografía en la que aparecía su abuelo, Gustavo Díaz-Muñoz Rojas, junto a sus hermanos.
Así descubrió que aquella mujer, Corina, era parte de su propia historia familiar.
El hallazgo también la llevó a revisar una causa ocurrida más de un siglo atrás desde una perspectiva distinta: la de una jueza que intenta comprender no solo el delito, sino también a la persona que está detrás de él.
“Nunca se habló de esto en mi familia”
En el caso de Corina, y desde el punto de vista de la justicia, las posibilidades de las mujeres han cambiado radicalmente. Y algo de aquella mujer llamó especialmente su atención. “Al principio lo dudé, dije: ‘Será un alcance de nombre’”, cuenta. Pero las coincidencias continuaron y comenzó a consultar a familiares, a leer libros de la época y a investigar en el Archivo Nacional Histórico.
Hasta que llegó al libro «El crimen de la calle Lord Cochrane», en donde encontró una fotografía en la que aparecía su abuelo, Gustavo Díaz-Muñoz Rojas, junto a sus hermanos.

Así descubrió que aquella mujer, Corina, era parte de su propia historia familiar.
El hallazgo también la llevó a revisar una causa ocurrida más de un siglo atrás desde una perspectiva distinta: la de una jueza que intenta comprender no solo el delito, sino también a la persona que está detrás de él.
Las transformaciones del sistema judicial chileno: la reforma procesal, la creación de la Defensoría Penal Pública y el establecimiento de mayores garantías para quienes enfrentan un proceso. Esa idea atraviesa buena parte de la reflexión sobre la justicia que hace Díaz-Muñoz. No se trata de abandonar la objetividad, sino de comprender mejor a la persona que está siendo juzgada.
“No trato de justificarla, pero sí de comprenderla, de entenderla, de entender su vida”, afirma.
—¿Nunca se había hablado de esto en su familia?
—Nunca se habló de esto.
—¿Pero sí aparecía en el árbol genealógico?
—Estaba, pero nunca se habló de este crimen. De hecho, mi papá falleció en 2020 sin saber esta historia, sin conocerla. Me habría encantado comentar esta historia con él.
—¿Sintió que había algo de destino en todo esto?
—No soy muy mística, pero creo que es un proceso de sanación para ella, también para mí, a título personal, porque considero que con este trabajo literario se le está dando una voz. Yo creo que ella por fin fue escuchada. Este libro también es para todas las personas que se sienten identificadas con ella porque todavía hay muchas brechas que nos separan de una absoluta igualdad.
—¿Qué cambió en usted como jueza después de conocer el caso de Corina?
—Tratar de comprender no solamente a la persona en el momento que cometió un hecho determinado, sino también conocer un poco más de su historia.
—En el libro habla del valor de la prueba. ¿Cómo lo aplica en su trabajo?
—Sí, yo creo que las pruebas tienen que ser contundentes. Nosotros, como jueces, tenemos el poder de decidir y para ello tenemos que solicitar todos los antecedentes que sean necesarios, porque en el fondo estamos vulnerando —en cierta forma— el derecho a la privacidad, a la intimidad con las resoluciones que decretamos. Y claro, las pruebas son estrictamente necesarias para dictar no solamente la sentencia, sino cualquiera resolución que se pueda decretar en el marco de un proceso penal.
La misma mirada está presente cuando habla de la prensa. Díaz-Muñoz distingue entre el periodismo que investiga y pone hechos relevantes en conocimiento de la ciudadanía y aquellos casos en que la cobertura puede terminar transformándose en una condena anticipada. A esta jueza le tocó conocer directamente esa exposición al asumir la investigación del caso Spiniak, recién salida de la Academia Judicial.
—¿Qué piensa de aquellos abogados que litigan más por la prensa que en los juzgados?
—A los jueces eso no tiene que influirnos en nuestra toma de decisiones. Tenemos que ser valientes, sabiendo que muchas veces nuestras resoluciones no le van a gustar a todo el mundo. Como jueces tenemos que ser capaces de evitar dejarnos influir por las opiniones públicas y hacer nuestro trabajo solamente por el mérito de los antecedentes que constan en la causa, sin presiones.
“Hay que ver qué pasó por la mente de ella”
En el caso de Corina, esa preocupación por la influencia externa aparece trasladada a una sociedad que ya había condenado a la protagonista antes de que terminara el proceso. No tanto por haber buscado a un sicario para matar a su marido —36 años mayor que ella—, sino por su adulterio con Jorge Sangts, un personaje manipulador y embaucador de mujeres.
—¿Ha conocido muchos “Jorge Sangts” en su vida?
—Sí, yo creo que hay muchos Jorge Sangts, tanto en mi trabajo como en mi vida personal. Casos que he conocido de gente conocida. Y desgraciadamente, en el caso de Corina, ella fue su víctima porque él estaba acostumbrado a perseguir a mujeres con recursos. Estaba acostumbrado y ella pensaba que era el amor de su vida, que era un ser sano, que era un héroe que había llegado a su vida a sacarla del martirio que vivió en su matrimonio. Pero no fue así. Yo creo que ella se enamoró absolutamente de este hombre y cayó en esa trampa, en esa manipulación excesiva. Y efectivamente la hizo creer que la única forma de salvar ese amor era deshacerse de su marido.
—¿Cómo explica la severidad con que fue juzgada?
—Fue juzgada con extrema severidad porque era una mujer con cuatro hijos que tenía un amante. El juez, en cierta forma, la castiga y no le reconoce la irreprochable conducta anterior porque era adúltera. El adulterio en esa época no se podría haber denunciado sino solo por el marido, y el marido estaba fallecido. Ella no mintió, nunca cambió su versión, a diferencia de Jorge Sangts, que sí la cambió. Ella siempre fue honesta y eso era absolutamente fuera de lo común. Yo no justifico y encuentro que el crimen fue horrendo, pero hay que ver qué pasó por la mente de ella. Ella estaba absolutamente dominada. Tenía una enfermedad que perfectamente podría haber sido inimputable en esa época.
—¿Dónde está Corina hoy?
—Es algo que tengo que investigar. Creo que será para un segundo libro, porque no hay nada más de ella, nada más visible. Hay muchas teorías sobre lo que pasó con Corina. Ella fue indultada gracias a las mujeres que pertenecían a sociedades obreras. La verdad es que hay muchas teorías. Se dice que salió en libertad, que se cambió de nombre, incluso se señala que murió en la cárcel. La verdad es que todo eso se quemó. No hay nada, por lo menos en el Archivo Nacional Histórico. También desapareció la película que se hizo sobre su historia, un largometraje que fue censurado. Lo que permanece es una cueca inspirada en Corina.
“No podemos solamente endurecer las penas”
—¿Está de acuerdo con elevar los estándares éticos del Poder Judicial?
—Yo creo que todo lo que propenda a que las personas obtengan garantías y un proceso justo y limpio es favorable. Si es necesario un código de ética, está bien el código de ética. Si es necesario reformas para el sistema de los nombramientos, entonces hay que hacerlas.
—¿Y cómo enfrenta la apertura de los procesos de remoción, por viajes al extranjero con licencias médicas?
—Bueno, como jueza tengo que confiar en que el sistema está funcionando para investigar y reprender conductas que no se ajusten a la idoneidad moral que debe tener un juez. Pero eso es algo que depende absolutamente de las cortes, en este caso de la Corte Suprema. Lo que espero es que la ciudadanía pueda tener confianza en los jueces. Porque, poniéndome en el lugar de una persona que debe recurrir a la justicia, tiene que creer realmente que ese juez va a ser probo, recto y objetivo.
—¿Dónde habría que partir para recuperar la confianza en el Poder Judicial?
—Yo creo que habría que analizar cuál es el fundamento para tener tan mala nota en la ciudadanía. Quizás empezar desde el proceso de selección, tener un proceso más riguroso es sumamente importante. El tema de los ascensos tiene que basarse en el mérito. Por esto tiene que cambiar el sistema de nombramientos. Esa es la base de todo: que asciendan los mejores jueces y no los que son amigos o recomendados de alguien. Esas cosas no deberían existir. Ahí también va a cambiar la percepción de la gente.
—¿Cómo se podría medir objetivamente esa meritocracia?
—Bueno, hay varios sistemas para medir: pueden ser pruebas objetivas de conocimiento, evitar las recomendaciones y que exista un concurso transparente. Lo ideal es que no seamos elegidos con el sistema actual. No podemos ser elegidos por quienes son nuestros superiores, sino por un ente completamente objetivo del Poder Judicial.
—Usted es jueza penal adolescente. ¿Ha aumentado el delito adolescente o existe una mayor percepción por la cobertura mediática?
—Invertir en educación es lo importante. Ya no sacamos nada con juzgar solamente a un adolescente que ha cometido un delito, cuando en el fondo no nos hemos preocupado de sus verdaderas necesidades desde la primera niñez. Es importante fortalecer el tema de la educación en las familias y potenciar a los tribunales de tratamiento de droga, porque muchos adolescentes cometen los delitos drogados. Entonces, la única solución no es dejarlos a todos en internación provisoria. Hay gente que piensa: “Pucha, de nuevo libre”, pero nosotros tenemos que aplicar la ley y las garantías. No es un castigo anticipado decretar una medida privativa de libertad. Hay otras medidas.
—¿Qué sigue faltando?
—Cuando hay un adolescente que tiene algún antecedente de enajenación mental, no hay lugares siempre donde poder ingresarlo. El hospital Horwitz hace su mayor esfuerzo, pero no siempre hay lugares donde se aseguren estos cupos o para procesos de desintoxicación.
—Entonces, ¿la solución pasa más por intervenir antes que por endurecer las penas?
—Claro, yo creo que no podemos endurecer solamente las leyes pensando que con eso se va a terminar el delito y que los adolescentes van a delinquir menos, o bajar la edad de responsabilidad penal. Esas no son medidas efectivas para prevenir realmente lo que la sociedad quiere: tener adolescentes sanos que después sean adultos que aporten a la sociedad.
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